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La forma de ver cada experiencia de nuestra vida nos puede bloquear o impulsar a superar los retos que representa esa experiencia.

Esta es la enseñanza que nos transmite Sue Austin,  quien después de una larga enfermedad  que la redujo a cama, pudo nuevamente sentir el viento en su cara, gracias a una silla de ruedas.  Para ella su silla le trajo nuevamente la libertad de movimiento y mucha alegría, pero las personas a su alrededor no lo veían con este positivismo.

Por eso a través del arte realizado sobre su silla, ha podido transmitir a sus semejantes y al mundo, todo el agradecimiento y bonitos sentimientos que se encuentran en su interior.

rueda

Y que su silla no es un obstáculo, si no una nueva oportunidad para poder vivir todo lo que quiere.

Por eso es que Sue quería nuevamente bucear en altamar y,  a pesar de que los expertos le decían que era imposible, su perseverancia y seguridad en que podía lograrlo, la ayudaron a encontrar la forma de adecuar todo su “equipo” para alcanzar este grandioso sueño.

Observa esta hermosa historia que la misma Sue cuenta y documenta en el siguiente vídeo.

Algunas personas tienen la capacidad de empatizar con los animales y entender su lenguaje.

No es raro pues, observar cómo las personas que tienen la suerte de acompañar su vida con “mascotas” empiezan a comprender su idioma y reacciones y pareciera que a veces sólo les faltaría a los animales hablar como los humanos para comunicarse eficazmente.

¿Será que nos falta a los humanos abrir más nuestros sentidos para ponernos en su lugar?

El siguiente video es un comercial, pero nos abre el camino a reflexionar sobre qué nos dicen posiblemente nuestros hermanos animales y no los hemos observado con la atención que se merecen.

https://www.youtube.com/watch?v=czmv4ipNkTA

En la vida como en el ajedrez el único que tiene que moverse hacia adelante es el peón. ¿Cómo jugarse la vida? ¿Vale la pena ser Rey?  Copiamos esta reflexión realizada por el Docente Sergio A. Castrillón. Profesor de Negocios Internacionales de Eafit, esperamos que sirva de reflexión a nuestro lectores.

Como ciudadano, no deja uno de escandalizarse frente a los múltiples escándalos de corrupción, las tentaciones del dinero fácil y las ilusiones del arribismo social que seducen a nuestros jóvenes profesionales.

Como profesor universitario, es preciso ir más allá de la indignación, pues se hace imperativo ser parte de la solución, ir más allá de los lamentos, pues con rasgar las vestiduras no necesariamente contribuimos a encaminar mejor las futuras generaciones.

Así pues, en estos días me puse en la tarea de auscultar las razones por las cuales nuestros estudiantes, siguen dejándose descrestar (literalmente, corriendo además el riesgo de perder sus testas, junto a las decorativas crestas) por las promesas efímeras del éxito cortoplacista y el esfuerzo mínimo. Se me ocurrió pensar que quizás nunca han leído a Estanislao Zuleta elogiando la dificultad, y que seguramente desconocen a Hesíodo, que desde hace siglos rescataba la importancia del trabajo para hacer realidad los anhelos de justicia, en los días de la humanidad.

Aunque son lecturas encantadoras, y la filosofía ciertamente es parte de la solución en el largo plazo, creo que también conviene pensar en modelos mentales más lúdicos, que desaten además la imaginación y faciliten la tolerancia frente a la incertidumbre (pues de alguna forma, el apego a los logros, puede interpretarse como una aprehensión hacia la incertidumbre).

¿Cómo transmitir entonces el mensaje, que el éxito no lo es todo, o qué el proceso es más importante; o como dice el poeta, que lo importante no es el punto de llegada, sino el camino que se recorre?

Se me ocurrió entonces pensar en el ajedrez, donde la figura más humilde, ignorada y masiva, puede interpretarse como una metáfora excelente para repensar nuestros patrones de conducta social.

En nuestras sociedad vemos reinas que se mueven sin restricción alguna; quizás seduciendo con su belleza, tal vez financiadas por algún capo de agujeros negros, centros de fuerzas gravitatorias difíciles de contener. También vemos caballos que saltan con ímpetu y presteza, sin consideración alguna por los demás. Muchos alfiles, avanzan con destreza, diagonalmente, con posibilidad de reversar y cambiar de rumbo, sin comprometerse en la orientación, cubiertos con un cierto manto de sacralidad. También observamos torres que reflejan solidez, que protegen y con rapidez cubren vastos territorios; que pueden ir y volver, desplegando fuerza. Obviamente también encontramos el rey, que todos quieren proteger y servir, el centro de la lisonja y servil atención de los demás, que renuncian a su propio destino, sacrificándolo en función de otra ficha, que simplemente ostenta una jerarquía mayor.

Sin lugar a dudas, todas las figuras son valiosas dentro del ajedrez, y nos permiten esbozar símiles para pensar la sociedad. Cada figura permitiría ahondar la reflexión explorando sus significados dentro de la sociedad actual, o interpretando su lugar en la génesis y evolución del juego. Pero hoy, le quiero dar protagonismo al peón, pues en la vida y en el juego, representa un modelo de acción, honesta y determinada.

El peón es la figura más similar al ser humano: es la más frágil del tablero, la de mayoritaria presencia, la más vulnerable, por su posición y contextura. Sin embargo, su debilidad se convierte en potencia, pues siempre debe mirar hacia adelante, y su restricción de poder avanzar sólo una casilla a la vez, le otorga una constancia inigualable. El peón no puede retroceder, sus diagonales son pequeñas y orientadas, siempre en función del norte, muy parecido al ineludible destino de la gran población, que con pequeños logros construye su proyecto de vida, un día a la vez; sin recurrir a atajos ni privilegios.

¿Por qué no atrevernos a proponer distintos modelos para nuestros estudiantes y profesionales? ¿Por qué no desechamos de nuestro inconsciente colectivo el modelo del rey, la más inútil de las fichas, inherentemente lento, ambiguo y condenado a esconderse? Aunque la idea no es ofrecer una apología a la iniquidad ni a la asimetría social, repensar el role del peón nos ayuda a reivindicar la idea del mérito y la persistencia; del trabajo honesto, de quienes se esfuerzan, a veces se sacrifican, pero nunca claudican.

Los peones nunca caen como cocos, pues nunca suben como palmas. No pueden refugiarse en solapados enroques, ni tienen un séquito de servidores que generan barreras que los aíslan de la realidad. Los peones están a la vanguardia, son los pioneros, son quienes abren el juego, y a la postre son los únicos capaces de transcender, de convertirse en algo más, de transformarse y potenciar sus capacidades. En una sociedad como la nuestra, todo eso es bastante loable y nada despreciable.

Fuente: dinero.com

En una tarde nublada y fría, dos niños patinaban sin preocupación sobre una laguna congelada, de repente el hielo se rompió uno de ellos cayó al agua. El otro cogió una piedra y comenzó agolpear el hielo con todas sus fuerzas, hasta que logro quebrarlo y así salvar a su amigo.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: “¿Cómo lo hizo? El hielo está muy grueso, es imposible que haya podido quebrarlo con esa piedra y sus manos tan pequeñas…

En ese instante apareció un abuelo y, con una sonrisa, dijo:

– Yo sé cómo lo hizo.
– ¿Cómo? – le preguntaron
– No había nadie al su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

*Historia atribuida a Albert Einstein.

roger_bannister

El 6 de mayo de 1954, en Inglaterra, Roger Bannister hizo lo que nadie creía posible. Bannister se convirtió en el primer hombre en correr una milla en menos de 4 minutos, exactamente en 3 minutos con 59.4 segundos. Previo a esto, era comúnmente aceptado que nadie podía romper la barrera de los 4 minutos.

Se creía que era físicamente imposible. La creencia se convirtió casi en un hecho científico, como si se hablara de la aceleración de la gravedad o la velocidad de la luz.

Todo mundo, excepto Roger Bannister, tenían esta creencia. En realidad, la milla de cuatro minutos era una barrera psicológica más que cualquier cosa. Lo más curioso es que después de la hazaña de Bannister, en un lapso de sólo 56 días, John Landy rompió el récord de Bannister con 3 minutos y 57.9 segundos, en Finlandia.

Y para el año siguiente, ¡otros 16 corredores habían roto la barrera de los cuatro minutos! Bannister fue el pionero que demostró el efecto de ver más allá de una creencia limitante. Hace falta gente atrevida, que tenga esa cualidad clave: arrojo. Pero quien tiene dicha cualidad primero es catalogado como “loco”, y con el paso de los años se le llama “visionario” y ya después de mucho, genio.

Esto nos hace pensar que en el mundo hacen falta estos Bannister’s que nos hagan creer a los demás que sí se puede, que rompan las barreras de la incredulidad, de la limitación. Pioneros que desafíen la convención para recordarnos lo que es posible.

Así que ve por esa milla de cuatro minutos, aquello que sabes que vas a lograr si tan sólo te lo propones.